sábado, febrero 14, 2009

Tortugas

Cuando uno está en el colegio, lo de "melancólico" es un rol, una especie de personaje que aparece en cada curso, así como existe el "alma de la fiesta", los nerds, las mijitas ricas y sus feas satélites; matones y oportunistas, pendex varios y músicos. De hecho en mi segundo medio había incluso un cabro que soñaba con conocer a las tortugas ninja (creo que literalmente). Hoy prospera con un negocio de sándwiches, y es un buen papá.

El conjunto es un lindo menjunje florido que a veces llamamos juventud, fauna llena de proyectos y de palabras que muchas veces le quedan grandes, pero que en la mayoría de los casos -parcial o totalmente- se consuman. Y a medida que los compañeros se van llenando de hijos (varios de los cuales tienen hoy la edad que ellos mismos cuando los conocí) la cosa se va enderezando y se van volviendo socialmente competentes, y así como en sus trabajos también en la familia, cobrando la capacidad de tomar decisiones, con billeteras ya no tan omitibles y hasta con voz, que es mucho decir, pues en la media más que hablar, cacareábamos. Y hasta influyen con autoridad en las vidas de sus padres, los mismos viejos que alguna vez vi llevarlos de la mano, o consolarlos, o defenderlos.

Pero habemos quienes no podemos despegarnos del rol. Los que caminábamos solos en los recreos, los que nunca nos emborrachamos con ron a los dieciséis, los que por más que tratábamos de dar con el balón, terminábamos chuteando piedras, incapaces de integrar cualquier colectividad. Habemos quienes, entonces felizmente obligados a ser parte del ramillete, nos vemos ahora con treinta años, pero ahora en un recreo larguísimo, pateando las mismas piedras, suspirando por volver a clase para compartir experiencias comunes. Ja, y tantas veces que pedimos ir al baño para dar una vuelta por los pasillos... ahora me aguantaría todos los meados para volver, con todos esos instantes acumulados en mi vejiga, a ser parte de algo.

Un cigarro más y me duermo.