jueves, febrero 12, 2009

Woofer

y no es que no me gustara. A decir verdad, sí quería estar ahí, entre el vaho sudado y algún olor mezclado entre cerveza y borgoña, entre chicle y cigarro. Resultaba erizante la espera, la sola expectativa generada por la mixtura: ceniceros trizados, vasos olvidados por el copero de turno, adolescentes palpitantes que pululaban entre los autos de sus padres y la pista, y el segundo nivel y la ancha sala VIP y todo. Ancha, como las caderas de la madre tierra, capaz de acoger a mil más de los que ya había.

Pero yo, en mi locuaz mutismo de siempre, sumergido en la guardarropía, pensaba en los misterios de las carteras y chaquetas que se me habían encomendado. Nadie más que yo podía saber que era yo mismo el riesgo.

Era domingo por la tarde. Rockola. Ese émulo de viernes o sábado que se les da a los menores de 18 como premio de consuelo por buscar algo de acción. Los más avezados (o los más suertudos) terminarían en alguna casa ajena, chorreados de birra o de piscola o de yogur. Sí, de yogur, a veces aparece de lo más impensadamente, entre afiches de Smashing Pumpkins y poleras del Ché. Da lo mismo que la gran camada noventera no sepa mucho quiénes son, si se es hábil en la attitude.

Pero la guardarropía y yo. Y un trillón de watts de potencia a mi lado. Y me dejan ahí, a la hora en que la electrónica comienza a dar paso al flamenco-chill. ¿Qué querían que hiciera? Omitir esa percusión cardíaca comenzaba a estar bien lejos de mis capacidades (con dos noches encima resultaba difícil no adormecerse)...

Tum, tum

Tum, tum

Tum, tum

Miro y no hay nadie. Ni cabros ni jefe ni barwoman ni copero ni guardia ni nada. Ni copas ni disco ni parlantes ni guardarropas ni carteras misteriosas ni ninguna pinche cosa. Sólo el olor, el beat y algo que parezco ser yo, tatuado, casi maya. Y árboles donde hasta hace cinco minutos había una pantalla gigante y un montículo donde sólo había culos. Fuck, Cortázar algo me había dicho, pero me obligué a asumirlo como un cuento. A vivir la "realidad" y buscarme esta (esa) pega...

Lo extraño es que no me resulta extraño.

Lo desconcertante es que no desconcierta tanto.

Veamos, mi nombre es...