sábado, julio 23, 2011

Una vida

Y esta sensación de irrealidad que viene a hacer menos gratas las cosas.

Porque siento que hago todo mal: cuando trabajo mucho, que no descanso. Cuando descanso mucho, que flojeo. Cuando me preocupo por las personas, siento que me cargo más de la cuenta, y cuando me despreocupo, que soy indolente. Mi sueldo, que es menos del que debiera ser, y mis hábitos, que son atípicos y de placer individual. Cuando Cristi me comenta que ayer viernes se irá a la nieve después del trabajo, pienso que si yo tuviera un “después del trabajo” debiera irme también a la nieve, o a la playa, o al menos a un asado…

Pero cuando miro a las gentes en la calle, sus expresiones y sus afanes, veo que tal vez no estoy tan mal y que acaso la Vivi tiene razón en que ciertamente me importan más cosas de las que creo. Enumero las que ella misma en un acto de bondad me ha dicho: Me gusta Concepción al atardecer; conversar con Marisol la señora de las flores; me gusta caminar mirando a la gente, y la buena música. Si yo quisiera añadir un par de cosas diría que me gustaría tener tiempo para resucitar 041 y que me gusta estar en casa, conversar en familia y ver tele con quien sepa que me quiere sin exigirme salir más de lo tolerable ni ser demasiado ruidoso. Y mis perras. Me gustan la Jacinta y la Colombi, mis perras.

Si a eso uno agrega una actitud semi contemplativa, algo ambivalente tal vez entre la oración y la sensualidad, pues está hecha mi vida y tal vez no son tan pocas las cosas que me gustan. O sea que tal vez sí tengo una vida, sin necesidad de fútbol, ni de tantos amigos ni tanto de hobbies. Tal vez.

Escribo esto porque necesito sentirme bien. Gracias por leer.